Seis de noviembre

Cada seis de noviembre creo que no pasará, sin embargo, me sigo despertando un poco triste. Trato de buscar un motivo diferente, soy de esas personas que siempre encuentran una razón para retener la sonrisa, pero hoy, como cada seis de noviembre, el motivo eres tú.

Cada seis de noviembre busco el silencio en el que tú habitas. En la ciudad solo hay ruido, la música esta mañana no me distrae y trato de recordar cómo era tu voz. ¿Cómo era?

Cada seis de noviembre una lágrima vence y conquista mis pestañas. Recorre victoriosa mi mejilla. Trato de hacerla desparecer con la palma de la mano, la misma que me cogías cuando era pequeña para caminar por la calle, la misma que se soltó de la tuya porque no me gustaban los pasos que dabas.  

Cada seis de noviembre la ausencia se hace presente, la palpo en la añoranza de una llamada telefónica, porque por algún extraño motivo todavía te echo de menos este día, el 19 de marzo y el 31 de agosto. El resto del año no existes en el calendario.

Cada seis de noviembre olvido todo lo malo que hiciste y me culpo de todo lo malo que hice yo, porque en todas las relaciones hacemos siempre algo mal, algo que no tiene remedio y que se queda como un poso en la memoria. Hoy solo quiero recordad tus ojos verdes y tu sonrisa, tal vez perdonarme por no saber perdonarte.

Cada seis de noviembre vuelvo a ser la hija que se quedó sin padre. Tal vez porque tu corazón se paró en un mes de mayo busco latidos hasta en el suelo. Nunca pensé que te fueses a ir tan pronto, por eso no me despedí de ti, aunque te dije demasiadas veces adiós. Todos los años te escribo una carta de despedida, pero no hay dirección postal a la que enviártela, así que, cada seis de noviembre, escribiré de nuevo a tu ausencia.  

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Autor: Teresa Olalla-Antelahojaenblanco

Escritora, correctora, educadora social y empresaria

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